La lección que aprendí en un día

Cuando tenía cuatro años, fui con mi mamá a un mercado grande en Santo Domingo. Era un día caluroso y el mercado estaba lleno de gente caminando de un lado a otro, vendedores voceando precios y el olor a frutas frescas en el aire. Mi mamá estaba comprando verduras mientras yo me entretenía mirando un puesto de juguetes. Me llamaron la atención unos carritos de colores y sin pensarlo, caminé unos pasos más cerca para verlo mejor.

Me di cuenta cuando levanté la cabeza que mi mamá no estaba conmigo. Miré a mi alrededor, pero solo veía caras desconocidas y gente pasando rápido. El ruido del mercado, que antes no me molestaba, de repente se sentía demasiado fuerte. Mi corazón comenzó a latir rápido y tenía mucho miedo. No sabía qué hacer.

 Mientras trataba de encontrarla, una señora que vendía dulces me vio con cara de preocupación y se acercó. Me preguntó qué pasaba y, con una voz temblorosa, le dije que no encontraba a mi mamá. Ella me dijo que no me moviera, que seguro mi mamá estaba cerca. Unos minutos después, mi mamá apareció corriendo con la cara llena de preocupación. Cuando me vio, me abrazó fuerte y me pregunto por qué me había alejado. Sentí mucho alivio, pero también supe que estaba en problemas.

Ese día aprendí lo importante que es que nunca suelte la mano de mi padres en lugares llenos de gente. Desde entonces, siempre he sido más consciente de mi alrededor cuando estoy en sitios abarrotados. Años después, cuando me mudé a Nueva York, ese recuerdo me ayudó a saber, cómo moverme en lugares con muchas personas sin perderme.