El misterio de la pulsera

Un verano en el 2013, cuando tenía vacaciones de la escuela, fui a México para ver a mis abuelitos por primera vez. Tenía 8 años cuando llegué a su casa, y todos estaban ahí, incluso mis primas, una de 7 y la otra de 9.

Estaba muy emocionada de conocer a mis primas porque nunca las había visto. Lo primero que hice cuando las vi fue jugar con ellas. Mientras jugábamos, una de mis primas vio mis pulseras y dijo: “Prima, esas pulseras están muy bonitas.” Mi otra prima de 7 años agregó: “A ver, a ver.” Entonces, se las mostré y les dije: “Si quieres, te doy esta.” Mis primas dudaron y preguntaron: “¿Estás segura? Son tuyas.” Aunque me dolió un poco porque eran de mis favoritas, les dije que sí. Cuando se pusieron las pulseras, estaban tan felices que saltaban de la emoción. En ese momento, me di cuenta de que en México no siempre tienen acceso a cosas así o que quizás no tenían dinero para comprarlas. Verlas felices por unas simples pulseras me hizo sentir un poco mal porque entendí que su situación económica era difícil. Por eso, les di todo lo que tenía conmigo, todo lo que había traído de Estados Unidos.

Un día, mientras acompañaba a mi abuelita a hacer compras, noté que la puerta de mi cuarto estaba abierta. En mi cabeza pensé que tal vez la había dejado así, pero algo en mí sabía que no. No le di importancia en ese momento.

Días después, mientras me alistaba para una fiesta familiar, busqué la pulsera que me había dado mi mamá, pero ya no estaba en la cajita donde la guardaba. Grité tan fuerte que mi abuelita se espantó. Le pregunté si ella la había tomado, pero me dijo que no. La busqué como loca, pero no la encontraba y tuve que salir de casa. Esa noche, al regresar, seguí buscándola y ni siquiera dormí. Pasé la noche llorando porque esa pulsera significaba mucho para mí; me hacía sentir a mi mamá más cerca.

Pasaron los días y seguía sin encontrarla. Me di cuenta de que mis primas ya no me visitaban como antes, pero nunca lo consideré sospechoso. Hasta que un día las vi salir corriendo de mi cuarto. Ellas no vivían conmigo, pero su casa estaba al lado de la de mi abuelita. Le pregunté a mi abuela si mis primas habían venido a visitarme o si sabía que estaban en la casa, pero ella también estaba confundida.

Entré a mi cuarto y vi que mi cajita estaba medio abierta. La cerré, pero me di cuenta de que mis pulseras ya no estaban ahí. Corrí hacia mi abuelita, le di un beso y me fui directo a la casa de mis primas. Cuando llegué, entré corriendo a su cuarto y las sorprendí con mis pulseras en la mano. Mi prima se espantó al verme, agachó la cabeza y no dijo nada.

Le pregunté: “¿Por qué te llevaste mis pulseras?” Entonces, empezó a llorar y me dijo que la única razón por la que lo hizo era porque nunca había tenido algo tan hermoso. Mi otra prima agregó: “Es que te queremos más cerca porque solo vienes cada año o a veces cada dos años.”

Ahí fue cuando les dije que no había problema si querían algo, que solo me lo pidieran. Ellas asintieron con la cabeza. Pero la única pregunta que tenía era por la pulsera de mi mamá. Mi prima de 9 años no la tenía, así que le pregunté a mi prima de 7. Bajó la cabeza y guardó silencio.

Le dije: “Prima, si la tienes, por favor dámela. Significa mucho para mí. Así como tú me dijiste que me quieres más cerca, yo me siento igual, porque con esa pulsera siento a mi mamá más cerca.” En ese momento, levantó la mirada y me la devolvió con un beso.

Le prometí: “Te voy a comprar una igual, pero quédate con las otras pulseras. Solo quería la de mi mamá. Gracias.” Cuando la tuve en mis manos, sentí un alivio enorme.

El verano terminó y mi abuelita me llevó al aeropuerto. Me dio su bendición y subí al avión, contando los minutos para volver a casa y ver a mi mamá. Después de tres horas de vuelo, llegué a Estados Unidos. Vi a mi mamá y corrí a abrazarla. Me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar. Luego me preguntó: “¿Cómo te fue, hija? ¿Pasó algo interesante?”

Le respondí con una sonrisa: “Sí, mamá, me la pasé bien, pero si supieras lo que pasó…” Nos miramos y comenzamos a reír.