Yo era una niña de 16 años, que siempre le gustaba estar sola. Mi papá y mi mamá tenían que trabajar, por lo cual siempre hacía mis cosas sola. Hasta mi tío, que vivía con nosotros, no pasaba en casa. Aprendí a independizarme. No me daba miedo estar sola porque ya teníamos varios años viviendo en College Point, Nueva York; ya sabía cómo eran las personas y las que vivían por ese barrio ya me conocían. Solía salir mucho con mis amigas y hacer pijamadas casi todos los fines de semana. Recuerdo que siempre les pedía a mis papás un hermanito o hermanita, y siempre se reían y me decían que ya conmigo era suficiente.
Llegó el año 2023 y mi mamá cumplía 40 años. Ella y yo decidimos ir a Ecuador para celebrar su cumpleaños número 40, porque lo quería celebrar a lo grande. Salimos el 17 de enero del 2023. Hicimos una escala larga en Miami, de 8 horas, y nos quedamos en la casa de una madrina de mi mamá. Ella también iba a viajar con nosotras, por eso se nos hizo más fácil quedarnos donde ella. Tomamos nuestro vuelo al siguiente día y todo estaba normal.
Al llegar a Ecuador, mi mamá se comenzó a sentir muy mareada. Mi abuelo, con el compadre de mis papás, nos fueron a ver al aeropuerto. Para la mala suerte de mi mamá, el aeropuerto quedaba a 3 horas de casa. Teníamos que parar a cada rato porque ella se sentía muy mal.
Pasaron las horas y por fin llegamos a casa. Mi mamá tenía que ir a ver unos asuntos que tenía pendientes para su fiesta, y llegaron con la noticia de que se había desmayado. Pasaron los minutos y mi mamá llegó a casa. Le dijo a mi abuela que se sentía mal y que se le había retrasado el mes. Mi tía, que también estaba con nosotras, le preguntó que si ya se había hecho una prueba de embarazo. Mi mamá miró con cara de susto y dijo que no.
Todas le dijimos que se tenía que hacer una para salir de dudas. Mi tía fue y le compró una prueba de embarazo. Se la dieron a mi mamá y se la hizo. No pasaron ni 2 minutos y la prueba ya había salido positiva. Mi tía fue la primera que la vio y todas estábamos ansiosas por saber, hasta que gritó: “¡ESTÁ EMBARAZADA!” Yo estaba emocionada y confundida a la vez, porque no sabía cómo reaccionar. Miré a mi mamá y estaba muy pálida. Los demás estaban emocionados porque mi mamá había quedado embarazada después de 16 años. Sabía que mi mamá estaba un poco asustada porque ella siempre había dicho que la vida aquí en Estados Unidos no es tan fácil, y menos con un bebé.
Le dimos la noticia a mi papá por videollamada, porque él no viajó con nosotras. Mi papá tampoco se lo creía; estaba tan confundido que hasta se puso a llorar de la felicidad.
Al día siguiente, mi mamá y mi tía fueron al médico para hacerse una prueba de sangre, que igual salió positiva. Y nos llegó con una ecografía que mostraba una pequeña cigüeña que era mi hermanito o hermanita. Yo todavía estaba en shock, porque no estaba preparada; ya había perdido las esperanzas de tener un hermanito.
Cuando llegó el día de la fiesta de mi mamá, yo la veía muy preocupada. Casi no disfrutó su fiesta, y me imagino que fue por el hecho de pensar que estaba embarazada. Pasó toda la noche como aburrida y por ratos se paraba a bailar. Yo me mantenía muy atenta a ella porque la sentía muy rara.
Pasaron los días y todo estaba normal. Mi mamá con sus primeros antojos y mis abuelas consintiéndola.
Llegó la hora de regresar a Estados Unidos y mi mamá comenzó con su tristeza porque se iba a alejar de sus seres queridos, en especial de su mamá. En el vuelo, mi mamá tuvo algunas complicaciones, ya que sentía muchas náuseas, pero yo me mantenía atenta a ella y pudimos llegar bien a casa.
Llegamos a Estados Unidos y comenzamos nuevamente con nuestra rutina: mis papás en el trabajo y yo en la escuela secundaria. Pasaban los días y mi mamá tuvo su primera cita con su doctora. Desde entonces le comenzaron a decir que podía tener un embarazo complicado por la edad que tenía. Desde ese momento, mi mamá llegaba asustada a casa. Pasaban las semanas y mi mamá nuevamente tenía que ir al hospital a chequearse, y nuevamente le daban noticias que la hacían asustar y la hacían pensar mucho que les iba a suceder algo, tanto a ella como a la bebé.
Mi mamá comenzó a sentirse mal y faltaba mucho a su trabajo. Eso complicó su situación laboral y sucedió lo peor para ella: la despidieron. Eso le generó mucha tristeza. Tenía pensamientos muy raros, no quería comer y no quería ir al hospital por miedo. Cada vez que íbamos al hospital, tenía que ser acompañada por mí, porque ella no podía ir sola a ningún lado; la depresión y la ansiedad no te dejan pensar bien.
La revelación de género fue muy normal. Teníamos planeado hacer algo en familia, pero la situación de mi mamá no estaba para eso. A los 4 meses, yo me enteré por correo que iba a tener una hermanita. No sabía cómo sentirme, pero por dentro estaba feliz. Le di la noticia a toda la familia por medio de un video; todos estaban muy emocionados. Mi mamá, con su situación, no mostraba ninguna emoción. Mi papá estaba feliz porque iba a tener otra princesa.
Yo siempre me mantenía fuerte en esta situación para poder ayudar a mi mamá a que se sintiera mejor. Ella siempre estaba con la cara muy triste y no quería nada. Además, se enflaqueció mucho porque no quería comer, y eso llegó a afectar el embarazo.
En agosto, mi mamá tenía la cita de los 8 meses de embarazo. En esa cita nos hicieron esperar más de lo normal. Mi mamá vio a 4 enfermeras, y la última nos dio la noticia de que los latidos del corazón de mi hermanita no estaban funcionando bien. Yo tenía 16 años, tenía mucho miedo, porque estaba sola. Mi papá estaba trabajando y yo no sabía qué hacer. Como era menor de edad, no me daban mucha información. Lo único que sabía era que la metieron a un cuarto con muchas máquinas en su pancita. Yo mantuve la calma hasta que mi papá llegó a recogerme y me puse a llorar. Mi papá me llevó a comer algo, porque yo no había comido nada. Y de paso fuimos a comprarle el asiento de carro y el coche a mi hermanita.
Llegamos a casa, nos bañamos y comimos algo. Al llegar al hospital nuevamente, preguntamos por mi mamá y nos dijeron que estaba en sala de recuperación, porque ya había nacido mi hermanita. Mi papá y yo nos quedamos sorprendidos, porque no teníamos en mente que eso iba a pasar. Mi abuelo llegó y todos estábamos felices de ver a la bebé y a mi mamá bien.
Aunque la situación mental de mi mamá no estaba tan bien todavía. Mi mamá presentó síntomas de depresión postparto, que había ido creciendo desde antes del embarazo. A mi mamá la tuvieron que dejar en el hospital porque no estaba lista para estar con la bebé. Esa decisión la tomaron justo cuando estábamos todos en el último día de visitas. Ese día recuerdo que estaba muy triste, porque yo no sabía qué hacer con una bebé recién nacida. Mi abuelo tomó la decisión de llevarnos a mí y a la bebé a su casa para poder tener más ayuda, ya que también estaban mi tía y la esposa de él. Nos quedamos en su casa 2 semanas, porque no sabíamos cuánto tiempo iba a estar mi mamá en el hospital.
Pasaron las semanas y mi mamá ya estaba de regreso con nosotros. La veía mucho mejor, y esta vez ya la podíamos dejar sola con la bebé. Poco a poco todo fue mejorando. Cuando la bebé tenía 3 meses, fuimos a Ecuador y nos quedamos 2 meses y medio para que mi mamá pudiera tener un tratamiento. Fue todo un éxito. Mi mamá nuevamente encontró trabajo y la bebé está en perfecto estado. Íbamos al médico y siempre salíamos con buenas noticias con respecto a su corazón. Y hasta el día de hoy, es una niña de 2 añitos, fuerte y feliz. Y mi mamá, mucho mejor con su salud y su mente.
Esta historia es para enseñarles que la resiliencia es fundamental en el ser humano. A veces la vida nos pone a prueba, y cuando sentimos que no podemos con mucho, podemos con todo y mucho más.


