Mi mamá, J. P. T., tiene actualmente 43 años de edad, y vive felizmente con su familia en Queens, Nueva York. Recientemente está trabajando de limpieza en una gasolinera del aeropuerto de JFK. Tiene una hija de 19 años y una bebé de 2 años. Ella y mi papá mantienen una relación ya hace 18 años, y con la ayuda de ella, mi papá actualmente está aquí con nosotras.
Ella emigró junto a su hija la mayor (yo) en el 2014, desde Manta, Ecuador. Ella venía muy feliz y a la vez muy triste, ya que mi papá se quedaba en nuestro país natal. Desde ese momento ella dice que le cambió la vida. Pero con su esfuerzo y su lucha de salir adelante, la llevó a nunca rendirse por sus sueños o por los míos.
Estar sola en este país a mi madre le ha costado mucho, tras el hecho de estar sola con una hija en ese entonces. Nosotras llegamos un 12 de marzo del 2014 a Nueva York. Mi abuelo nos esperaba en su casa junto a su otra hija y su esposa. Cuando nosotras llegamos fue como a las 2 a.m., y mi mamá justo ese día se fue a trabajar, ya que ese día mi abuelo nos trajo a este país con la condición de progresar.
Mi mamá tuvo que salir a trabajar los primeros días a la panadería de su tío. Entraba de madrugada y salía muy de noche. Como eran los primeros días que nosotras habíamos llegado, yo cargaba mucho miedo dentro de mí, porque sentía que mi mamá me estaba dejando sola. Como yo estaba acostumbrada a estar siempre con ella, separarnos para mí era muy doloroso. La primera noche separadas nos costó mucho. Yo sentía mucha desesperación y no podía dormir. Cogí un celular que mi mamá me había dejado y le pregunté a mi abuelo cuál era el número de la panadería. La llamé llorando y le decía: “Mamá, ya no quiero estar aquí”, “te extraño mucho”, “ya ven por mí”. Esto desesperaba a mi madre, y ella quería salirse del trabajo. Desconsoladamente me decía: “Vamos a estar bien”, “tienes que estar tranquila”, “te me vas a enfermar, hija”. Yo lloraba en el celular y ella no sabía qué hacer. Llegó al punto de que mi mamá ya no tuviera ganas de ir a trabajar.
Pasó el tiempo, y yo ya estaba acostumbrándome a la vida que ahora estábamos llevando. Tuvimos que salir de la casa de mi abuelo porque la esposa de él ya se estaba molestando por nuestra presencia. Una tía de mi papá nos abrió las puertas de su casa, y nosotras nos quedamos ahí. Pero mi mamá no sabía que otra vez iba a comenzar mi sufrimiento. Cuando llegamos a esa casa, ella buscó otro trabajo. Yo la ayudé a buscar, ya que por casualidad mi mamá y yo estábamos comiendo en un restaurante cerca de nuestra nueva estadía. Me acerqué a la chica y le pregunté: “¿Tenía trabajo para mi mamá?” La chica me respondió que sí. A los minutos le dijeron que sí, y mi mamá comenzó a trabajar. Lo bueno era que quedaba cerca de la casa, pero lo malo es que era toda la noche. Nuevamente comenzó mi miedo, porque para mí era un nuevo comienzo. Las noches sin ella eran eternas, hasta que me volví a acostumbrar, ya que ella me decía con una voz de cansancio: “Tienes que ayudarme, hija, no te me puedes poner mal”.
Pasó el tiempo y ella ya tenía 2 trabajos, porque el objetivo de ella era traer a mi papá.
Pasamos 6 años así, y mi mamá logró traer a mi papá. Nosotras ya estábamos en una mejor estadía, y vivíamos con el hermano de ella. Llegó mi papá en el 2020, y todo se volvió a poner bien para nosotras. La presencia de mi papá calmó mucho a mi madre, ya que criarme sola le costó mucho. Dejarme sola y no pasar tiempo conmigo por su trabajo la llevó a desesperarse y a pensar que no podría lograr nada.
Ella mira al pasado y recuerda lo fuerte que ha sido. El sacrificio y el sufrimiento que ella pasó la llevaron a ser una mejor persona, siendo capaz de poder lograr todo lo que ella se proponga.
Ella nos comunica que agradece a este país por darle la oportunidad de haber podido lograr muchas cosas hasta el día de hoy. Siempre va a recordar lo difícil que fue acostumbrarse a nuevas cosas y hacer todo sola.


